FANTASY GIRL


Ilustración de Sato Masahiro

Mi amiga Pati fue millonaria por tres semanas. Durante veintiún días tuvo una mansión preciosa, no tenía que madrugar cada mañana y compraba en las tiendas de Ortega y Gasset sin mirar las etiquetas con los precios. Vivía despreocupada de las facturas a pagar, de si le llegaría o no el sueldo a fin de mes, pasó unos días en los que el dinero brotaba de cada adoquín que pisaba. Sin embargo un día, imagino uno de esos que piensas que mejor no haberte levantado de la cama (la suya era hecha a medida, con sábanas de algodón egipcio, tamaño súper King y con cojines rellenos de plumas de ganso) decidió poner fin a su riqueza.


Entró decidida a la Administración de Loterías de la esquina de su casa, sacó aquel boleto guardado en su bolso de Loewe, y le dijo a la señora lotera: “tenga usted, ya me dirá cómo hacemos para el ingreso”. La señora lotera, dueña de aquella Administración desde hacía más de cincuenta años, introdujo sin mirar a mi amiga el boleto en una máquina, el papel fue absorbido, leído y vuelto a expulsar por el lado contrario, la mujer sin mirarlo lo echó a un montón de otros boletos similares y dijo: “nada”. “¿Nada?” Preguntó Pati abriendo los ojos, “¿cómo que nada? le ruego por favor vuelva a comprobarlo”. La señora miró a los ojos por primera vez a mi amiga y le dijo con voz tajante: “su boleto no está premiado señora, yo no tengo la culpa”. La cara de Pati era un poema, metió su mano en el bolso ahora de Primark y sacó otro boleto esta vez del Euromillón y se lo extendió a la rancia mujer. “Tome este, le dijo. El premio es mucho mayor que el anterior. ¿Sabe usted cuánto se lleva Hacienda de estos premios?” Sin contestarle y con un gesto de cansancio, la hastiada mujer pasó el boleto otra vez por el aparato y seguidamente volvió a pronunciar las cuatro letras vacías de premio: “nada señora, nada”. Pati contuvo las ganas de llorar y mentalmente se fue despidiendo de todos sus lujos imaginarios mientras caminada hacia la puerta. Antes de irse se volvió a la lotera y le dijo: “podía ser usted un poco más empática cuando da noticias de este tipo, es usted una mujer despiadada, tenía todas mis esperanzas puestas en esos dos trozos de papel” se dio la vuelta sin mirar atrás y se dirigió triste a coger el metro.


¿Quién no ha fantaseado alguna vez con que le toque la lotería o un súper premio que le cambie la vida? ¿Quién no ha imaginado nunca tener un cuerpo más perfecto, un marido menos marido y un pelazo cayéndole por los hombros? ¿De dónde vienen las fantasías? ¿Cuándo empezamos a fantasear? ¿Existe gente que no fantasea? Las teorías más interesantes que sabemos sobre las fantasías fueron escritas por Freud, que no solo estudió la mente humana enferma si no que, durante toda su vida, se interesó por cosas cotidianas y por supuesto, la fantasía no escapó a su observación.


Freud nunca tuvo pacientes niños, así que sus teorías acerca de la infancia provienen de su observación de los niños que tenía alrededor y del análisis de la niñez de sus pacientes.En su célebre libro "Mas allá del Principio del Placer" (1920) Sigmund Freud cuenta que durante unas semanas de convivencia con su hija Sophie, su yerno y su nieto Ernest, pudo dedicarse a observar con atención el juego del pequeño. Su hija lo había amamantado y cuidado personalmente y mantenía con su bebé una relación tierna. El niño tenía un carácter "juicioso" y no lloraba cuando la madre lo abandonaba por algunas horas, más bien parecía que se resignaba fácilmente.


Ilustración Adolfo Serra

Dice S. Freud (1920): "Este buen niño exhibía el hábito, molesto en ocasiones, de arrojar lejos de sí, a un rincón, o debajo de una cama, etc., todos los pequeños objetos que hallaba a su alcance, de modo que no solía ser tarea fácil juntar sus juguetes. Y al hacerlo profería, con expresión de satisfacción e interés, un fuerte y prolongado "o-o-o-o", que según el juicio coincidente de la madre y de este observador, no era una interjección, sino que significaba "fort"{se fue}... El niño no hacía otro uso de sus juguetes que el de jugar a que "se iban". Un día hice la observación que corroboró mi punto de vista. El niño tenía un carretel de madera atado con un hilo... con gran destreza arrojaba el carretel, al que sostenía por el hilo tras la baranda de su cunita con mosquitero; el carretel desaparecía ahí dentro, el niño pronunciaba su significativo "o-o-o-o", y después, tirando del hilo, volvía a sacar el carretel de la cuna, saludando ahora su aparición con un amistoso "Da" {acá está}. Ese era el juego completo, el de desaparecer y volver. La mayoría de las veces sólo se había podido ver el primer acto, repetido por si solo incansablemente en calidad de juego, aunque el mayor placer, sin ninguna duda, correspondía al segundo".


A partir de esta observación, Freud desarrolló una teoría sobre el juego y la simbolización: a través del juego aprendemos a simbolizar y ensayar sobre la vida. El niño a través del juego aprende a calmarse controlando situaciones incontrolables. Lo que más teme un niño pequeño es la ausencia de su madre, sobre todo en los primeros años de vida. La situación de que mamá no esté no la puede controlar pues se encuentra fuera de sus manos, sin embargo en el juego del carretel el niño sí controla cuándo el juguete está y cuándo vuelve. La capacidad de jugar hace al niño darse cuenta que hay un afuera y un adentro, un él y un los otros, una mamá y un yo que soy distinto de ella. Y así comienza la capacidad de simbolizar, que no es otra cosa que la posibilidad de evocar algo que no está en la realidad. El lenguaje en los adultos es la forma común de simbolización, yo cuando digo la palabra botella me imagino una botella sin necesidad de verla o tocarla. El niño, previo a la adquisición del lenguaje, juega. Es por eso que Freud y más tarde otros investigadores del juego en la infancia como Winnicott, argumentaron que el juego es lenguaje de los niños y que para ellos, tal y como lo es el lenguaje verbal para nosotros, jugar es una cosa muy seria. Un niño que no juega es un niño enfermo, un niño incapaz de simbolizar, es decir, un niño no niño.



Pero el ser humano, el animal con mayor capacidad para complicarse la vida, llega a una edad y deja de jugar. A los niños se les permite el juego, usar juguetes como símbolos de sus temores y deseos, hacer ruidos con ellos, peleas de Barbies contra Spiderman, atropellos de camiones a Playmobils, escobas trasformadas en escopetas que disparan láseres y muñecas convertidas en profesoras de un oso de peluche, un cerdito de barro y un bolígrafo gigante. Todo vale en el juego infantil, pues tiene como única condición ser creativo, y cuando eres niño la creatividad es justo lo que es, una manera incondicional de ser uno mismo.


Freud argumenta en su precioso texto “El creador literario y el fantaseo” que cuando crecemos y nos hacemos mayores, el único juego que nos permitimos es el fantaseo. Son esas ensoñaciones diurnas en las que nos imaginamos más guapos, más ricos y más aptos para los demás. Fantasías casi siempre unidas a lo sexual o a lo magalómano. Ensoñaciones unidas al deseo hacia otros y al deseo de ser deseados. Muy parecido al deseo de ese niño pequeño que quiere controlar la ida y la venida de la madre objeto de su deseo. Los niños sí pueden al menos transformarlo en lenguaje, en su caso en juegos, pero nosotros, ya mayorcitos, solemos avergonzarnos de esas fantasías, pues lo mismo nos dan placer que muestran nuestras debilidades y no solemos contarlas a otros por miedo a ser unos degenerados, unos ególatras o unos malvados.


Cuando un niño tiene rabia puede coger un peluche y hacer que lo machaca con un hacha de plástico, cuando nosotros queremos matar a alguien, lo hacemos en nuestra cabeza cada uno a su modo particular (más o menos violento). El código penal y las normas sociales tienen mucho que decir en esto, son las reglas del juego de vivir en sociedad que casi todos aceptamos. En el juego más primitivo, el de los niños de menos de cinco años, no hay códigos ni reglas, pero en vez de matar a su hermanito que acaba de nacer, la niña recién destronada atropella a un PinyPon con un coche de la Patrulla Canina. Luego poco a poco los niños se van interesando más por los juegos reglados, esos con instrucciones y normas, juegos socializadores que les entrenan en lo que en su vida será lo cotidiano: comportarse según unas normas preestablecidas.



Pero el doctor Freud, incapaz de dejar aquí el asunto, y convencido de que todos, tanto mayores como niños necesitamos cumplir con nuestros deseos y nuestros instintos de placer y muerte, ofrece un salvoconducto en el que esta fantasía adulta puede convertirse en juego: la creación literaria. El poeta es un afortunado niño grande que con sus versos, transforma sus inconfesables fantasías en bellas palabras. Escribir permitió a Lorca liberarse y a sus fervientes lectores nos salva también de nuestras fantasías más ocultas. Es interesantísimo suponer que la creación viene de una necesidad de plasmar nuestros deseos más ocultos, necesidad humana de liberar las más bajas pasiones poniéndole palabras (y podría añadirse música, pintura, y cualquier otro arte) igual que el niño crea a través de su juego. Es además esperanzador, que no sólo el que crea pueda liberarse, si no también el que observa o disfruta de tal creación por el mero hecho de hacerlo. Observen a un niño jugar, es pura poesía. Es por ello que en terapia los psicólogos hablamos a través del juego con nuestros pacientes niños, es la mejor forma de llegar a su inconsciente. Con los adultos usamos la palabra, pero también los sueños, las fantasías y las poesías de sus vidas.


Mi amiga Pati pudo contarme su fantasía de ser millonaria porque algunas fantasías están permitidas, pero no pudo matar a la lotera y satisfacer así su pulsión de muerte, no por falta de ganas, si no porque es una chica muy bien educada. Hoy me ha escrito un mensaje en el que me cuenta que ha destinado su presupuesto para lotería en comprarse un succionador de clítoris, así satisface sus deseos con garantía de placer. El juguetito adulto de moda se llama Satisfyer, y demuestra que hoy en el siglo XXI las mujeres no sólo nos permitimos contar nuestras fantasías sin avergonzarnos, sino que las liberamos jugando con un símbolo que no tiene forma de falo. Si Freud levantara la cabeza.

663 835 271

©2019 ADRIANA ANDRADE